Llegué a Madrid una tarde de marzo, arrastrando mi bolsa de deporte por los corredores del metro; y de esa manera se inició la segunda parte de mi vida.

No recuerdo nada del viaje en tren. Supongo que tuve la cabeza muy ocupada con las incógnitas de ese día y de los siguientes: ¿cómo sería el trabajo?, ¿dónde viviría? Y hay que añadir: Helena no se había levantado esa mañana para despedirme, así que sin duda dediqué bastante energía a formular y reformular mis reproches contra ella. Pero, como digo, de ese viaje no me ha quedado ningún resto.

En mi primer recuerdo de esa tarde en Madrid estoy ya en el metro, llegando desde la estación del tren hasta el centro de la ciudad. Puedo verme en la escalera mecánica que sube hacia la calle en metro Sol, haciendo equilibrios, algo torpe con la enorme bolsa azul en bandolera.

Subo por la escalera mecánica en ese primer momento de mi llegada, a punto ya de salir a la calle en la Puerta del Sol; y todo lo anterior del viaje se ha borrado, como si esa tarde de marzo saliera yo de la nada hacia las concurridas calles, haciendo equilibrios con mi bolsa de deporte al hombro, captando con urgencia todo a mi alrededor, sin antecedentes, desconectado de mi pasado. Pero no había cortado el hilo del todo, y mi pasado era Helena.


Ella estuvo enfurruñada los días anteriores a mi viaje. Sabíamos que el aviso podía llegar en cualquier momento, pero algo no anduvo bien a la hora de la verdad. El jueves llegó el aviso, el viernes me despedí del trabajo, el fin de semana hice unos escasos preparativos y el lunes tomé el tren.  La vida de Helena también quedaba partida ese día y yo hubiera hecho bien consolándola, afirmando nuestro futuro. Por el contrario, no disimulé mi alegría por marchar. Ella no lloró, expresaba su sentimiento siendo agria conmigo. La última noche fue de mal humor y esa mañana, muy temprano, ella no se levantó para despedirme.

Es decir: salí del apartamento resentido y solo, para emprender ese viaje que he olvidado y que terminaba en la estación de metro Sol, mientras los peldaños metálicos me subían lentamente a la superficie. Esa tarde de marzo no podía saber que mi amor con Helena había terminado, al menos su primera parte; que un torbellino de sucesos me apartaría de ella aún más que la distancia, que el reencuentro iba a traer algunos besos furiosos y más gritos y lágrimas.

Pero eso sería más tarde, el torbellino empezaría a girar cuando llegara lo alto de la escalera y emergiera a la superficie de la gran ciudad; mientras tanto intentaba sólo mantener mis pies sobre los peldaños temblorosos, sostener la pesada bolsa en mi hombro. No es cierto, claro está, que no la quisiera; la quería como se quiere a la amada una vez que la vida en común es imposible o no es deseable.

Tampoco es cierto que Helena no se levantara esa mañana para despedirme... Después de salir yo del piso debió saltar de la cama y correr a la estación en un taxi. Apareció en el último segundo antes de echar a andar el tren. Yo estaba enfadado y la situación fue tensa. Sólo hubo tiempo para unas pocas palabras de despedida que he olvidado. Quizá aún las recordaba esa tarde de marzo, cuando al fin llegué a lo alto de la escalera y salí a la luz y puse el pié en las calles.

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[Fuentetaja: Juegos temporales]