No nos engañemos: se deja de fumar por miedo. Miedo a enfermedades horrorosas. Miedo al sufrimiento y a la muerte. Pero no porque la vida sin fumar (VSF) sea mejor... Todo lo contrario: la verdad es que una vida fumando con libertad es claramente preferible.



No olvidemos que fumar es un placer considerable. Es esencial el hecho de que se trata de un pequeño placer constante. Así el fumador puede gratificarse regularmente: tras cada fase de un trabajo, durante una espera, antes o después de cualquier actividad, en los descansos e intermedios, mientras se cocina y después de la comida, en momentos de soledad, melancolía, introspección, creatividad...

Añadamos a un día cualquiera 20, 30, 35 momentos de gratificación y obtendremos indudablemente una jornada de calidad mejorada, con mayores posibilidades de alegría y felicidad. Es a este suplemento de bienestar al que nos vemos obligados a renunciar por el temor a las consecuencias negativas.

El verdadero problema del ex fumador que se ve de pronto abocado a la VSF es afrontar esos días empobrecidos, plagados de momentos anodinos o francamente desagradables. Horas muertas llenas de trabajo o espera y desprovistas del menor consuelo... ¿Cómo sobrevivir a esos largos minutos sin interés que antes redimíamos con la modesta pero efectiva satisfacción de un cigarrillo?